Escrito por Gonzalo Obes el . Publicado en Misceláneas.

Fallas 2126 1

Fallas 2126. Primera parte.
Estas imágenes nos plantan en Valencia en el año 2126, donde Las Fallas siguen teniendo plantà, mascletà y cremà, pero ahora la pólvora huele limpio y el humo parece diseñado por arquitectos con doctorado en espectáculo. El contexto es el de siempre —barrio, casal, sátira y fuego— pero con monumentos que reaccionan al calor humano, ninots que cambian la cara como políticos pillados en directo y una cremà en dos fases: primero arde la materia y luego sube una especie de espíritu luminoso que se despide con más estilo que nosotros en Año Nuevo. Los trajes parecen clásicos de día y de noche se encienden como si llevaran brasas cosidas, las bandas suenan igual de potentes pero ahora dibujan luz en el aire, y hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias se convierte en espejo gigante del incendio controlado; en resumen, la tradición intacta, la tecnología bien integrada y Valencia ardiendo como siempre, pero con mejor iluminación y copia de seguridad en la nube por si acaso.
¿De qué trata esto? Pues esto no tiene ninguna pretensión, solo son prácticas creativas mías que me divierten de momento, (hasta que encuentre otra cosa que me divierta más).
Todo comenzó en un grupo de amigos en WhatssApp, para hacer bromas entre nosotros y reírnos un poco porque todos tenemos mucho sentido del humor; después las publiqué en Facebook, en un grupo del pueblo donde vivo, Alcàsser (Valencia), donde me conoce mucha gente y comenzaron a pedirme el aparecer ellos, así que comencé a meterme más en la IA y a reírme mucho, investigué como crear prompts por temática y aplicarlo a mis amigos y familia,... este es el resultado. Creo que he mejorado bastante y lo irás viendo según vaya publicando.
Y que quede claro, nunca pongo a personajes famosos, nunca incluyo a niños sin deseo explícito de sus padres, todas las personas que salen aquí es porque les divierte, tienen sentido del humor y les gusta, y, sí, veo todos los fallos, pero los dejo porque me hacen gracia.

En el año 2126, Las Fallas han transformado a Valencia en un organismo vivo de fuego y luz. La estructura ritual permanece intacta —plantà, mascletà, cremà—, pero la materia y la atmósfera han evolucionado. El aire huele a pólvora limpia, tratada por sistemas que convierten el humo en bruma luminosa. No desaparece el fuego: se vuelve más visible, más escultórico, más consciente de sí mismo.

Los monumentos falleros ya no son solo esculturas efímeras, sino arquitecturas sensibles. Construidos con materiales biodegradables y superficies inteligentes, reaccionan al sonido y al calor humano. Las figuras satíricas —políticos, magnates tecnológicos, dilemas éticos globales— mantienen la ironía tradicional, pero sus rostros cambian sutilmente gracias a pieles holográficas que ondulan como porcelana animada. Durante la cremà, la combustión ocurre en capas: primero arde la estructura física; después, una envoltura lumínica asciende en espirales doradas y violetas, como si el espíritu del monumento también tuviera derecho a despedirse.

El efecto visual de los trajes es uno de los elementos más impactantes. De día parecen rigurosamente tradicionales: sedas densas, terciopelos profundos, bordados florales minuciosos. Al caer la tarde revelan su segunda naturaleza. Microfilamentos fotónicos recorren las faldas como nervaduras doradas que laten suavemente. Las manteletas proyectan encajes de luz sobre la piel y el pavimento. Las peinetas, elaboradas en metales translúcidos y cerámica ligera, generan halos fragmentados alrededor del peinado clásico. Las faldas amplias, ahora casi ingrávidas, producen ondas visibles en el aire, como si cada paso agitara brasas suspendidas.

Los hombres visten chaquetas inspiradas en el siglo XVIII, con brocados históricos reinterpretados en tejidos técnicos. Durante el día absorben la luz; por la noche la devuelven en un resplandor ámbar contenido. El conjunto no es futurista en exceso: es continuidad estilizada, evolución sin ruptura.

Las bandas siguen siendo el corazón sonoro. Trompetas, trombones y clarinetes conservan sus formas clásicas, pero sus superficies iridiscentes capturan los reflejos del fuego en tonos cobre y azul eléctrico. Los tambores incorporan membranas translúcidas que vibran con una leve bioluminiscencia, haciendo visible el pulso rítmico. Pequeños drones acústicos flotan discretamente, expandiendo la música sin distorsionarla; el sonido deja anillos de luz en el aire, como ecos ópticos que atraviesan la multitud.

La mascletà se convierte en coreografía aérea. Columnas de luz vertical acompañan cada explosión, trazando geometrías efímeras en el cielo. Por la noche, el entorno de la Ciudad de las Artes y las Ciencias actúa como espejo monumental: sus superficies blancas y las láminas de agua duplican la pirotecnia, multiplicando el fuego en reflejos infinitos. El firmamento parece dialogar con constelaciones artificiales que aparecen y se disuelven en sincronía con la detonación.

En el casco histórico, las fachadas restauradas conservan su piedra clara y balcones de hierro. Sin embargo, una iluminación arquitectónica suave perfila cada cornisa con líneas cálidas. Las calles del Carmen y Ruzafa se transforman en corredores de penumbra ámbar donde el suelo proyecta escenas de antiguas fallas. En el antiguo cauce del Turia, jardines verticales ascienden como terrazas vegetales; de noche emiten una fosforescencia tenue, semejante a un campo disciplinado de luciérnagas.

Los casales falleros combinan mesas de madera reciclada con superficies interactivas donde se diseñan ninots virtuales antes de materializarlos. El olor a buñuelos y chocolate convive con fragancias de azahar y madera tostada. El mobiliario respeta formas tradicionales, pero está construido con polímeros orgánicos reforzados. La artesanía y la ingeniería comparten espacio sin fricción.

Los medios de transporte son silenciosos: tranvías levitantes, bicicletas asistidas y plataformas personales fluyen sin interferir en la experiencia peatonal. La multitud se mueve como una marea ordenada por sistemas invisibles de gestión del espacio.

La simbología continúa centrada en el fuego como purificación y crítica social. Sin embargo, antes de arder, cada falla libera una réplica tridimensional al archivo digital colectivo de la ciudad. La destrucción se convierte también en conservación. El color domina en rojos encendidos, dorados líquidos, verdes esmeralda y azules eléctricos. Las luces no ciegan; envuelven, palpitan, acompañan.

En 2126, Las Fallas no han perdido su alma. Siguen siendo sátira, comunidad y combustión. La diferencia es que ahora la llama no solo consume: también proyecta memoria y convierte a Valencia en una ciudad que arde hacia el futuro sin dejar de reconocerse en cada chispa.